El 2025 fue el año de mayor tasa de suicidios: 11,8 cada 100.000 habitantes, lo que equivale a 14 suicidios por día, o bien a uno cada 2 horas. La problemática del suicidio se ha incrementado drásticamente en los últimos años en el país, en la región y a nivel mundial. En tanto situación de padecimiento psíquico multicausal de impacto subjetivo, supera ampliamente las cifras de otras muertes violentas, como los homicidios de toda índole y los decesos en eventos de tránsito.
Así se indicó en un informe que detalló que, por primera vez, esa cifra supera las muertes producidas por otros hechos violentos en el país, mientras que la Asociación Argentina de Salud Mental calificó la situación como alarmante y advirtió que esto exige respuestas urgentes, sostenidas e integrales.
Es la principal causa de muerte en jóvenes adultos de entre 15 a 34 años del país. Paralelamente, nunca en la historia hubo un presupuesto tan reducido en materia de salud mental como el proyectado entre 2025 - 2026 bajo la gestión del presidente Javier Milei.
Desde una perspectiva contextual-existencial, el suicidio se vería como una solución límite a una crisis vital de un sujeto con capacidad de acción-decisión-ejecución que, en una circunstancia determinada –construida como insufrible, irresoluble, interminable, inescapable, sin futuro y sin esperanza-, decide quitarse la vida, pudiendo elegir no hacerlo.
Este “pudiendo elegir no hacerlo” es fundamental, ya que sin él, el suicidio carece de sentido, quedaría reducido a reacción o síntoma, pero no a acción humana.
La finalidad de los Planes, Estrategias y/o Protocolos de atención-prevención del suicidio no debiera consistir sólo en impedir la muerte (dispositivos de vigilancia, control farmacológico, adherencia e ingreso hospitalario, sin ser esto poco), sino en ayudar a las personas a engancharse a la vida, para lo cual se requiere no sólo saber lo que tiene (identificación y cuantificación de los comportamientos suicidas), sino entender lo que pasa; construir una narrativa biográfica de sentido (cómo hemos llegado hasta aquí) y de futuro (construir un horizonte de esperanza).
Para ello se precisa de la colaboración interdisciplinar y multiprofesional de los profesionales de la medicina, la enfermería, la psicología, el trabajo social, la sociología y la antropología, etc.