En su discurso, acusó a los medios de haber montado una conspiración destituyente y sentenció que “intentaron un golpe de Estado por la vía institucional y no pudieron”.
Lejos de encauzar su descargo en términos institucionales, el economista apeló a una retórica de escarmiento físico y castigo violento contra la labor de investigación periodística. “Sepan que los hijos de puta en Argentina no van a tener piedad; tener piedad con los hijos de puta es ser injusto con los buenos”, vociferó ante la cúpula de su Gabinete, empresarios e invitados del think tank libertario que pagaron hasta 300 mil dólares para asistir al ágape derechoso. Acto seguido, remató con una advertencia que generó repudio generalizado: «Los que se tienen que quemar en la hoguera son los hijos de puta».
En su alocución, el mandatario le puso nombres propios a la diana del oficialismo. Tildó de «ensobrados, corruptos y mercenarios de la mentira» a periodistas como Hugo Alconada Mon, Carlos Pagni, Natalia Volosin, Paulino Rodrígues y Luis Novaresio, responsabilizándolos por las revelaciones sobre el caso $Libra y acusando al Grupo La Nación de intentar «extorsionar al Gobierno y evadir impuestos».
Las declaraciones presidenciales provocaron la inmediata reacción del Foro de Periodismo Argentino (FOPEA), que denunció una “escalada de violencia sin precedentes” y advirtió sobre el peligro real que implica recurrir a imágenes punitivas como la inquisición o el fuego público. Desde la entidad remarcaron que el sobreseimiento judicial no anula la legitimidad del interés público sobre la conducta de los funcionarios y recordaron que el Estado tiene la obligación constitucional de proteger a los comunicadores, en lugar de convertirlos en el blanco de odio del Poder Ejecutivo.
Ante los cuestionamientos que persisten en la sociedad y el inocultable impacto del ajuste económico, Milei opta por replegarse en su núcleo identitario más duro, convirtiendo el odio explícito en su principal herramienta de propaganda y combate político.